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Las cinco cosas que no nos dejan avanzar las mujeres

Las cinco cosas que no nos dejan avanzar las mujeres

Son muchas las actitudes típicamente femeninas que nos caracterizan. Algunas de ellas, sin embargo,

La situación de desventaja de las mujeres frente a los hombres en diversas áreas de la vida no es una novedad pero ¿de dónde viene? Ese es uno de los interrogantes que la psicoanalista brasileña Cláudia Pacheco ha intentado resolver a lo largo de su carrera.

Es sicóloga de la Universidad de San Marcos en Sao Paulo y ha trabajado en Nueva York, París, Lisboa, Londres y Estocolmo, fundadora del Instituto Superior de Psicoanálisis Integral en París y de la organización Stop a la destrucción del mundo.

Basada en la experiencia de cientos de casos clínicos de pacientes que atendió en Estados Unidos, Brasil y Europa y de material bibliográfico, llegó a sus propias conclusiones sobre el tema y las escribió en el libro ‘Las Mujeres en el diván’, que pueden ser “chocantes para algunos y extremadamente esperanzadoras para otros”, según ella misma explica.

“Lo que podía observar dentro de mi experiencia como ser humano, como mujer, como psicoanalista, era que la mayoría de las sociedades, principalmente latinas, árabes, judaicas y orientales, las mujeres tenían una filosofía de vida altamente destructiva que pasaban de generación en generación; creando a través de su comportamiento patológico una gran decadencia. Tanto así, que pasaron a ser vistas como el sexo débil por las sociedades a las que pertenecían”, dice.

A lo largo de la publicación, la experta hace un estudio de la psicopatología y las relaciones sociales de las mujeres, para al final proponer la forma de cambiar la situación.

Aquí, las cosas que hacen a las mujeres perder el equilibrio de sus vidas, según ‘Las mujeres en el diván’:

1. La búsqueda del romance y la autodestrucción

Parece que automáticamente una persona se envuelve en un romance se desliga de las otras áreas de su vida. La mujer se aparta de las amigas y muchas veces abandona su carrera, interrumpe sus estudios y guarda su diploma, comienza a engordar, a descuidarse, enajenada de la vida social, cultural y económica. También enfoca toda su vida en ese pedazo de su existencia, multiplicando su importancia y viéndola con lentes de aumento como el todo.

Esto ocurre más con las mujeres que con los hombres. Destruye todos sus dones, talentos, carrera, amistades, espiritualidad, esa gama increíble de vivencias y opciones que la vida les ofrece a cambio de un romance. Obviamente la relación de hombre y mujer es una parte importante de la existencia, pero no lo es todo ni lo más importante. La mujer coloca en segundo plano todas las áreas de interés de su vida para poner todas sus expectativas en un romance.

Por otro lado, la mayor patología de las mujeres es querer hacer del matrimonio una profesión. De ahí pretenden obtener su sustento financiero y psicológico. No se ve a las familias educar a sus hijas para el mundo sino para el matrimonio. El marido debe ser honesto con su familia, pero no necesariamente con los otros, trabajador para que sus hijas jamás tengan que trabajar, atractivo para provocar envidia, eunuco con las otras mujeres, de buena familia, preferiblemente de mucho dinero para garantizar los caprichos de su hijita y que jamás la contradiga ni critique a la suegra.

2. El narcisismo y la megalomanía

Estas son características comunes de las mujeres de todas las culturas. Las latinas tienen aparentes características de sumisión y feminidad y las estadounidenses de independencia y autosuficiencia. Sin embargo, ambas quieren lo mismo: tener una personalidad y a veces también un cuerpo adorado por un hombre, por otra mujer o por multitudes (artistas, estrellas de cine, etc.) No es de extrañar que la cultura consumista gire en torno al narcicismo y la megalomanía de la mujer.

Por otro lado, las conversaciones de las mujeres desde pequeñas siempre son envidiándose mutuamente. Unas hablan mal de otras y se van a donde las otras a escuchar sus confidencias. Intentan mostrar siempre que no tienen valor porque eso ofuscaría su brillo. Así, desde cero, la competencia e intriga femeninas toman forma hasta tal punto que un día dicen que el peor enemigo de una mujer es otra mujer. Pareciera que las mujeres nunca podemos confiar en otra y que desde la infancia aprendiéramos que un amigo verdadero solo puede ser un hombre.

3. La falta de participación en la sociedad

Los hombres, en su mayoría, hablan de asuntos sociales, filosóficos, políticos, universales, que conciernen a hombres, mujeres, niños y ancianos. Las mujeres, mientras tanto, hablan de asuntos que solamente les interesan a ellas. Eso explica por qué cuando en la historia se citan frases célebres, rara vez una mujer es la autora de una. Así que no necesariamente esa marginalización ocurre porque hayan sido saboteadas o excluidas, sino porque las cosas de las que hablan son de poco interés y utilidad para la vida social en general.

Como ejemplo, esta frase famosa de la autora de Los caballeros las prefieren rubias Anita Loos (1889-1981): “Si besan tu mano te puedes sentir muy bien, pero un brazalete de diamantes y zafiros es para siempre”. Por esa afirmación vemos que la mayor preocupación de su vida es obtener aquello que le brinda la sensación de alimentar su poder.

No tiene nada de malo que a una mujer le gusten las joyas, el problema es cuando es una de las finalidades de su vida, como ocurre en muchos casos. Atendí pacientes que pasaron 20 o 30 años de sus vidas esperando el día en el que recibirían un brazalete de oro o un collar de perlas. Fuimos entrenadas para no pensar, para no usar nuestra inteligencia, nuestras capacidades. Es de interés del sistema que la mujer sea una sierva del sistema.

4. La vanidad

La mujer, con sus formas armoniosas y atrayentes percibe su belleza como un arma eficaz. Puede seducir, conquistar y conseguir muchas ventajas. Es terrible la preocupación constante de que la mujer tiene que estar siempre bien y ser vista como bonita, elegante, inteligente y encantadora. Esa obsesión, esa idea fija, ese terror de no estar perfectamente en forma, la preocupación de lo que los otros piensan sobre nosotros, es un tormento que no tiene compensación.

La preocupación por la ropa, el maquillaje, el peinado, las joyas, la forma física, no pasan de ser una prisión terrible en la cual la mujer se pone y fue puesta por el sistema económico social. Así, un regalo de la naturaleza se puede convertir en una cámara de torturas, dependiendo el uso que le demos.

Es absolutamente controlada por la publicidad y por la industria de la belleza. Somos bombardeadas desde pequeñas con campañas que ponen todo el valor en la belleza física. Así que todo lo que gana con su trabajo lo gasta en todo lo que necesita para que su guardarropa esté a la moda, dándole el dinero a quienes más impiden que el dinero sea distribuido de forma equitativa.

5. La lucha por el poder

Los medios de los que dispone la mujer para competir socialmente son diferentes a los de los hombres. El chantaje afectivo, la dependencia sexual y la ‘aparente’ fragilidad. Y en lugar de intentar modificar su status quo de otra forma, ahora quieren lo mismo que los hombres.

Es obvio que la mujer tiene derecho a tener libertad para viajar, ganarse un sustento de manera justa, de tener la profesión que quiere, de vivir con quien le gusta y estudiar lo que quiere. Libertad de realizar el bien y ser feliz es un derecho inalienable de todo ser humano, eso no se discute. Pero ¿Qué se ha visto, en gran parte, con la ‘liberación femenina’? Que la mujer quiere ser libre para poder realizar toda la locura que el hombre realiza: poder, dinero y prestigio.

“La mujer, si es de valor y auténtica, tiene características que le son específicas. Por ejemplo, es cariñosa, cuida de las personas, de los detalles, de embellecer la vida para los otros, de satisfacer deseos; es dulce, suave, sentimental, sensible, paciente, tolerante y conciliadora”, concluye Pacheco, quien invita a tomar conciencia de esta situación para dejar la paranoia con los hombres y construir en equipo con ellos una mejor sociedad.

Por: Renata Rincón Barrero

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